Toma su café de la mañana. Se toca instintivamente el brazo izquierdo donde tiene una cicatriz producto de un culatazo de un granadero en diciembre del 1964. Él era un joven médico residente del Hospital 20 de noviembre, que se rebeló junto con sus compañeros médicos por las precarias condiciones laborales. Pero el impulso final para protestar fue que les avisaron mediante un oficio que no recibirían aguinaldos. La respuesta de las autoridades fue brutal al despedir a más de 200 doctores de plaza e internos. Él fue uno de ellos. Era el inicio del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. La represión a los médicos fue el inicio de lo que vendría después…
Verónica Hernández es enfermera de una pequeña clínica del IMSS (Unidad Médica Familiar) del Centro Histórico. Ella no se explica por qué no hay casi nada. Los médicos expiden las recetas y piden a los pacientes que vayan a comprarlas. Ella misma ha tenido que ir a comprar jeringas y gasas de su propio bolso para poder aplicar las inyecciones. Su compañero de mantenimiento y aseo se queja de que no hay jabón, cloro, papel higiénico.
Ella no cree en el desabasto, sabe de otros lugares en los que, si bien no lo tienen todo, no le sufren. Ella piensa que hay un boicot dentro de la institución, porque descubrieron hace poco miles de cajas de medicinas caducadas que no se distribuyeron. Pero mientras, le da mucho coraje tener que gastar de su raquítico sueldo para insumos de la clínica. Por eso y muchas cosas más, Verónica y dos de sus compañeras, al terminar su turno, se fueron a plantar frente a las oficinas centrales del IMSS en Reforma. Hacía días que las protestas brotaron por todo el país como hongos y éstas tuvieron como resultado una mesa de negociación en Gobernación.
EL 8 de octubre todo empezó mal. Como era previsible las comisiones que entraron al diálogo en la Secretaría de Gobernación llegaban con posturas divididas. Por un lado, los dirigentes del sindicato acordaron un miserable aumento del 2.9 por ciento con las autoridades sin consultar a las bases de médicos, enfermeras, trabajadores de limpieza y administrativos.
El desenlace estaba previsto desde que en la mesa de negociaciones los inconformes se sentaron en bloque tomando distancia de sus líderes sindicales. Ahí los trabajadores de la salud y jubilados exigieron como mínimo un aumento del 10 por ciento, contratación de más personal y el inmediato abasto de medicamento, insumos suficientes y, para rematar, la destitución del repudiado líder gremial Rafael Olivos Hernández.
Después de siete horas, la ruptura fue total al ver la cerrazón del sindicato y la nula respuesta de las autoridades. Los trabajadores disidentes se levantaron de la mesa y anunciaron que seguirían la protestas y bloqueos en avenidas y frente a las oficinas centrales del IMSS. Para el 9 de octubre en las horas de la mañana, se anunciaban acciones en protestas en por lo menos 16 estados de la República. Por la tarde, la Sección 9 de la CNTE anuncia su apoyo a los trabajadores del IMSS y se hacen presentes en su campamento. Tras de ellos, otros sindicatos ofrecen su apoyo y se anuncia una megamarcha para el 13 de octubre.
Profesional en mentir, la presidenta niega una crisis en el sector salud, se enfada cuando en la mañanera le hacen el menor cuestionamiento. Mientras afuera, en los estados, la inconformidad crece. Hace rato que en las mañaneras Claudia se ve enfadada, sus ojos miran un horizonte inexistente, miran como a la nada para no enfrentar a la reportera que la cuestiona. Desde hace dos años su cara se ha endurecido tanto que ni el maquillaje la logra suavizar.
La doctora Cristina vive en Azcapotzalco, atiende pacientes en el Hospital de La Raza. Hace días le hablé para pedirle consejos por una niña recién nacida y retenida en el Hospital Pediátrico de Peralvillo. La doctora indignada hizo llamadas, hizo lo que pudo sin lograr ayudar a la angustiada madre, pero se puso contenta cuando las autoridades se vieron obligadas a entregar a la bebé por la presión mediática.
La llamo para saludarla y de paso le pregunto qué está pasando con las protestas y me dice entusiasmada: “La base estaba como dormida y ya despertó. Lo que parece que está tronando en realidad ya estaba, sólo que la gente ya se hartó de la corrupción del sindicato y del desabasto en las clínicas y hospitales. ¡Yo misma estoy alistándome para salir a la marcha saliendo del hospital!”. Y me grita antes de colgar: “¡allá nos vemos!”.
“¿Cuántos vienen en la marcha, güey?”, le dice una enfermera que se encuentra en el plantón de las oficinas centrales del IMSS a su vecina de turno en el Hospital General. “No sé, güey, yo sólo veo un chingo de gente, pero somos miles y allá vamos”.
Y eran miles. Miles de doctores, enfermeras, administrativos y jubilados del IMSS que estaban hartos y cansados de maltratos del sindicato y gobierno. Eran miles los que salieron justo a las cuatro de la tarde. Miles que llegaron de a poquito en poquito de Guadalajara, Puebla, Morelos, Guerrero, Toluca, Querétaro. Miles los que gritaron consignas que suponemos le taladraron los oídos al tan cuestionado dirigente “Olivos”. Y miles de gargantas gritando: “Fuera Olivos” y “Si Olivos pudiera, a su madre la vendiera”. La conciencia de la organización hecha consigna: “Secciones unidas jamás serán vencidas” y “Gobierne quien gobierne, los derechos se defienden”.
Eran las 18:20 cuando el contingente entró al Paseo de la Reforma. Habían marchado aproximadamente siete kilómetros sin detenerse. Una ligera lluvia y un montón de aplausos los recibieron a dos cuadras del plantón. El grito unánime “Fuera Olivos” arreció.
La camioneta del sonido se detuvo frente a las oficinas del IMSS que tiene días cerrado por un campamento muy compacto frente a sus puertas. El momento es anticlimático: las nuevas figuras visibles en realidad son bases que se han distinguido por un reciente impacto en sus secciones y han aguantado presiones y amenazas del sindicato. No hay poses del clásico “líder” que agita y quiere encender a las masas, no hay promesas de nada, salvo la insistente invitación a estar organizadas y organizados. Los unen las impostergables y urgentes demandas y la conclusión unitaria de destituir a su dirigencia, que los ha traicionado.
Por ahí de las 19:15 se acaba el mitin con tres tareas que todas y todos aprueban levantando la mano: apoyar y fortalecer los campamentos, movilizarse cada quince días hasta que caiga el tal “Olivos” y, dado que es imposible cancelar la consulta sobre aceptar o rechazar el aumento salarial de 2.9 por ciento, todos acordaron votar NO.
La concentración se dispersa. Unos acordaron estar un rato en el campamento central, otros optaron por retirarse por las distancias, sobre todo los contingentes que llegaron de otros estados.
Un doctor llamado Juan Manuel, al menos eso dice su bata, como de unos 50 años, trae en una silla de ruedas a su madre y van platicando casi a gritos: “¿Cómo viste la marcha, mamá?”, le dice el médico acercándosele a la oreja. “Bien, bien, pero se tardaron. Hasta que despertaron de un largo letargo. Los médicos no habían protestado desde 1964-65. Ahí estuvimos tu padre y yo bien plantados a pesar de la represión. A ver de esto que resulta”.
AUTOR: ALFREDO LÓPEZ CASANOVA.
ENLACE: https://desinformemonos.org/la-rebelion-de-las-batas-blancas/



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