La tragedia de los trabajadores de Vizsla Silver en Concordia evidencia una grave negligencia compartida. Es inadmisible que una empresa transnacional priorice sus proyectos sobre la vida de su personal ignorando alertas de riesgo, y que un Estado omiso permita operar en zonas dominadas por el crimen. A ocho meses de un secuestro que dejó nueve muertos y al ingeniero Antonio Esparza Yáñez desaparecido, la opacidad y la falta de rendición de cuentas de la empresa y las autoridades reflejan un abandono imperdonable a las familias
Conocí a Alan y a Priscila hace unos días. Platiqué con ellos durante varias horas. Alan todavía busca a su padre, el ingeniero Antonio Esparza Yáñez. Priscila ya tuvo que enfrentar la noticia de que su esposo estaba entre los trabajadores localizados sin vida.
Después me puse a revisar el caso como periodista. Y encontré una historia en la que las fechas, los antecedentes y las decisiones tomadas obligan a hacer preguntas mucho más precisas.
Recordemos: 10 trabajadores vinculados al proyecto Pánuco de la minera canadiense Vizsla Silver fueron privados de la libertad en Concordia, Sinaloa, el pasado 23 de enero de 2026. Nueve fueron posteriormente localizados sin vida. Antonio continúa desaparecido.
Pero la historia no empezó ese 23 de enero.
En abril de 2025, nueve meses antes del secuestro, la propia Vizsla suspendió parcialmente sus actividades de campo debido a las condiciones de inseguridad en la región. Poco más de un mes después reanudó sus operaciones.
Si Vizsla sabía que las condiciones de inseguridad eran suficientemente graves como para suspender actividades, ¿qué ocurrió para que semanas después decidiera que sus trabajadores podían regresar?
Si el riesgo no había desaparecido, ¿por qué regresaron?
¿Qué pesó más en esa decisión: la seguridad de los trabajadores o la necesidad de continuar con el proyecto?
Si durante los meses siguientes hubo nuevos incidentes de inseguridad, como sostienen las familias y su representación jurídica, ¿por qué la operación continuó?
Si trabajadores habían manifestado miedo, ¿por qué siguieron siendo enviados a esa zona?
Y si Vizsla asegura que sus decisiones operativas se sustentan en monitoreo e información de inteligencia, ¿qué decía esa inteligencia antes del secuestro?; ¿advertía riesgos?; ¿quién recibió esos informes?; ¿quién decidió continuar?
Hay otro asunto todavía más delicado.
Concordia no era una burbuja. La región se encontraba inmersa en la disputa criminal que desde 2024 ha golpeado distintas zonas de Sinaloa. El propio secretario de Seguridad federal reconoció después del secuestro que en esa área operaba una célula de Los Chapitos.
¿Cómo opera durante meses una compañía minera internacional en un territorio con presencia criminal sin conocer quién controla los caminos y accesos por los que diariamente se desplazan sus trabajadores?
¿Qué información tenía Vizsla sobre los grupos criminales presentes en la región?
¿Qué mecanismos utilizaba para garantizar el tránsito de personal, vehículos, contratistas y maquinaria?
¿Existía algún tipo de interlocución, directa o indirecta, con personas vinculadas a esos grupos?
¿Puede Vizsla afirmar categóricamente que nunca existió?
¿Algún empleado, contratista, proveedor, responsable de seguridad o intermediario sostuvo comunicaciones con integrantes del crimen organizado?
¿Alguna autoridad ha investigado esa posibilidad?
Vizsla ha declarado públicamente que mantiene una política de cero tolerancia frente al soborno, la corrupción y la extorsión.
Entonces vale preguntar: ¿alguna persona relacionada con el proyecto recibió antes del 23 de enero solicitudes de dinero, amenazas, advertencias o exigencias provenientes de grupos criminales?
¿Fueron reportadas? ¿A quién? ¿Hay mensajes, correos o informes que lo documenten?
Familiares y compañeros de los trabajadores han coincidido en que hubo renuncias y temor previo a ese día de enero; esa versión contradijo la información inicial de autoridades federales de que no existía peligro.
Si esos testimonios son ciertos, ¿quién recibió esas advertencias dentro de la empresa?
¿Quién decidió que no ameritaban detener las operaciones?
¿Se informó a Canadá, a las autoridades y a los propios trabajadores?
Y llegamos al 23 de enero.
Si diez trabajadores de una empresa son privados de la libertad mientras se preparaban para iniciar su jornada laboral, ¿por qué las familias sostienen ocho meses después que Vizsla nunca presentó una denuncia formal?
Si había cámaras en los lugares donde se hospedaban o transitaban los trabajadores, ¿dónde están las grabaciones?
Si los vehículos tenían GPS, ¿dónde están esos registros?
Si existían bitácoras, teléfonos corporativos, correos, reportes internos de seguridad y evaluaciones de riesgo, ¿la FGR tiene absolutamente todo?
Y la Secretaría del Trabajo tampoco puede quedar fuera.
Si una empresa suspendió actividades por inseguridad en abril de 2025, ¿la Secretaría lo supo?
¿Inspeccionó las condiciones en las que laboraban los trabajadores cuando las actividades se reanudaron?
Si sabía que estaban trabajando en una región afectada por violencia criminal, ¿qué medidas extraordinarias exigió?
¿Cuándo fue la última inspección anterior al secuestro y qué encontró?
¿Verificó dónde dormían los trabajadores, cómo se trasladaban y bajo qué condiciones de seguridad recorrían diariamente la zona?
¿O para las autoridades laborales mexicanas la obligación de proteger a un trabajador termina en el casco, las botas y las condiciones físicas de una mina?
Después del secuestro, ¿la Secretaría del Trabajo abrió una investigación?; ¿determinó posibles omisiones?; ¿sancionó a alguien?
¿O nueve trabajadores pueden aparecer muertos y uno permanecer desaparecido sin que hasta ahora sepamos si la autoridad laboral encontró alguna responsabilidad empresarial?
Hay finalmente preguntas que no caben en un protocolo corporativo.
Si Vizsla sabía que Concordia era peligrosa, ¿por qué sus trabajadores estaban ahí?
Si sabía que había antecedentes, ¿por qué siguió operando?
Si hubo amenazas, ¿quién decidió que no eran suficientes para detenerse?
Si tenía protocolos suficientes, ¿por qué tuvo que reforzarlos después?
Si acompañó a las familias, ¿por qué ellas dicen haberse sentido abandonadas?
Las preguntas importan porque no conocemos esas respuestas. Lo que sí conocemos es el resultado: diez hombres fueron privados de la libertad cuando estaban ahí por su trabajo; nueve fueron encontrados sin vida y Antonio Esparza Yáñez continúa desaparecido.
Y cuando una empresa conocía desde meses antes que operaba en condiciones de inseguridad, preguntar qué sabía, qué decidió, qué hizo y qué dejó de hacer no es anticipar una sentencia; es empezar a establecer responsabilidades.
FUENTE/MEDIO: EMEEQUIS.
AUTOR: SANDRA ROMANDÍA.
ENLACE: https://emeequis.com/analisis/caso-concordia-las-preguntas-que-vizsla-debe-responder/
AUTOR: SANDRA ROMANDÍA.
ENLACE: https://emeequis.com/analisis/caso-concordia-las-preguntas-que-vizsla-debe-responder/



